“Kant puso la ciencia matemática de la naturaleza como algo ‘dado’ delante su Teoría del conocimiento, y el factum de la autolegislación delante de la Ética. Para la Estética ni él ni sus continuadores han ensayado un procedimiento análogo. (…) Nosotros tomamos el factum del ser cerrado en sí mismo y descansando en sí mismo de la obra de arte como dado, como ‘hecho’, y preguntamos: ¿hay obras de arte -cómo son ellas posibles?” (Filosofía del arte de Heidelberg).
“Hay obras de arte, ¿cómo son posibles?” -con esta pregunta kantiana en el espíritu, pero no en su singularidad ni según su letra, debe comenzar toda Estética como Teoría pura de la validez de la Estética, es decir, ni como metafísica ni como psicología.” (Estética de Heidelberg).
Los primeros trabajos de Georg Lukács redactados entre 1912 y 1918, orientados hacia la elaboración de un Estética sistemática, luego de atravesar múltiples y accidentadas circunstancias, vieron la luz definitivamente en 1974. Ellos consisten en dos series de proyectos inacabados que sus editores denominaron Filosofía del arte de Heidelberg (1912-1914) y Estética de Heidelberg (1916-1918). Ambos textos constituyen la base para un monumental trabajo posterior. Pero la riqueza y novedad de los libros mencionados sorprenden hoy ante problemas inaugurados por el arte moderno y contemporáneo.
Se tratará, en el curso programado, de reflexionar sobre algunos puntos en los que se sustenta el trabajo de Lukács: la objetividad y preeminencia de la obra de arte, la posibilidad de una fenomenología de la obra de arte en el sentido de la Fenomenología del Espíritu de Hegel y no en el husserliano, que les estrictamente contemporáneo (las Ideen de Husserl fueron editadas en (1913, 1922 y 1928) y, finalmente, sobre uno de los conceptos más sugestivos de toda su teoría, la cuestión del “malentendido” (Missverständnis), “el más oscuro problema de la Estética” (PHK, 50). También se hace necesario mencionar el problema de la interpretación de las relaciones entre belleza natural y belleza artística en Hegel, que Th. Adorno obviamente no pudo haber leído.